Durante mis primeros años trabajando en interiorismo pensaba que el éxito de un proyecto se medía de una manera muy simple: que el espacio se viera bien. Era una idea lógica para alguien que estaba comenzando.
Pasaba horas observando materiales, combinaciones de colores, mobiliario y detalles constructivos. Como muchos diseñadores jóvenes, estaba fascinada con la capacidad que tiene el diseño para transformar un espacio vacío en algo completamente diferente.
Sin embargo, hubo algo que empecé a notar con el tiempo.
Los proyectos que más satisfacción generaban en los clientes no necesariamente eran los más espectaculares.
Tampoco eran los más costosos.
Ni siquiera los más complejos.
Eran aquellos donde las personas sentían que el espacio les pertenecía.
Recuerdo una reunión con unos clientes hace muchos años. Habíamos avanzado bastante en el proyecto y, en teoría, todo estaba funcionando correctamente. Los materiales eran adecuados, la distribución resolvía las necesidades del espacio y el diseño cumplía con todos los objetivos que nos habíamos planteado… Pero había algo que no terminaba de encajar. Mientras conversábamos, la clienta hizo un comentario aparentemente sencillo sobre la forma en que acostumbraba pasar las tardes con su familia. No estaba hablando de diseño. No estaba hablando de arquitectura. Simplemente estaba describiendo un momento cotidiano de su vida.
Y fue ahí cuando entendí que estábamos poniendo demasiada atención en el espacio y no suficiente atención en las personas. A partir de entonces comencé a trabajar de manera diferente.
Antes de pensar en acabados o mobiliario, empecé a escuchar con más atención.
Quería entender cómo vivían mis clientes.
Cómo comenzaban sus días.
Qué actividades disfrutaban.
Qué cosas les molestaban de su hogar actual.
Qué emociones querían experimentar dentro de él.
Con el tiempo descubrí algo que sigue guiando nuestro trabajo hasta hoy: la mayoría de las personas no buscan un diseño de interiores. Lo que realmente buscan es sentirse bien, buscan tranquilidad, comodidad, confianza, buscan llegar a casa y sentir que todo tiene sentido. Por eso cuando alguien llega a Ascendencia, rara vez comenzamos hablando de tendencias.
Comenzamos hablando de vida.
Porque una cocina no es solamente una cocina; Es el lugar donde una familia desayuna antes de comenzar el día.
Una terraza no es solamente una terraza; Es donde se comparten conversaciones que terminan convirtiéndose en recuerdos.
Una habitación no es únicamente un conjunto de muebles y acabados; Es el espacio donde alguien busca descanso, privacidad y bienestar.
Cuando entendemos eso, las decisiones de diseño cambian por completo. Ya no se trata de seguir una moda. Se trata de construir escenarios para la vida real.
Quizá por eso una de las frases que más repetimos dentro del estudio es que diseñamos para las personas, no para los espacios. No porque los espacios no sean importantes…Todo lo contrario; son importantes precisamente porque tienen la capacidad de influir en la manera en que vivimos.
En cómo descansamos.
En cómo convivimos.
En cómo nos sentimos.
Y esa responsabilidad nos obliga a mirar más allá de la estética.
Después de más de dos décadas diseñando en Los Cabos, sigo convencida de que los mejores proyectos no son aquellos que llaman más la atención cuando se entregan.
Son aquellos que años después siguen funcionando.
Aquellos donde las personas continúan sintiéndose cómodas.
Aquellos que evolucionan junto con quienes los habitan.
Porque al final, el diseño nunca ha sido para nosotros una cuestión de espacios. Siempre ha sido una cuestión de personas.


