Desde que estudiaba diseño de interiores en la Universidad de Guadalajara, tuve la oportunidad de trabajar en una firma de interiorismo mientras cursaba la carrera. Ahí entendí una de las lecciones más importantes de esta profesión: diseñar no se trata solamente de crear espacios bonitos, sino de aprender a escuchar a las personas y comprender cómo quieren vivir sus espacios.
Con el tiempo descubrí que muchas veces el cliente sabe perfectamente lo que quiere sentir dentro de su hogar, aunque no siempre sabe cómo llevarlo a la realidad. Aprender a guiarlos, ayudarles a visualizar posibilidades y encontrar soluciones funcionales fue una de las experiencias que más marcaron mis primeros años.
Hace más de 26 años llegué a Los Cabos con la idea de trabajar en una firma de interiorismo. Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba y aquel trabajo que me habían prometido nunca me pagó. En ese momento tuve dos opciones: regresar a Guadalajara o intentar construir algo por mi cuenta.
Decidí quedarme.
Vendí mi carro para poder mantenerme durante algunos meses y comencé literalmente tocando puertas para que la gente me conociera. Emprender nació más de la necesidad que de un gran plan de negocios, pero también nació de la convicción de que podía salir adelante haciendo lo que más me apasionaba.
Claro que tenía miedo. Venía de vivir con mis papás en Guadalajara y, de pronto, tenía que preocuparme por la renta, la comida y por conseguir trabajo. El mayor temor era no saber si habría un siguiente proyecto. Pero también sabía que Los Cabos era un lugar lleno de oportunidades y nunca he sido una persona que se rinda fácilmente.
Con el tiempo entendí que el diseño de interiores va mucho más allá de la estética. Los espacios influyen profundamente en cómo vivimos, descansamos, trabajamos y nos sentimos. Muchas veces las personas se acostumbran a vivir en espacios que no funcionan para ellas, cuando en realidad el espacio debería adaptarse a nuestra vida y no al revés.
Y quizá esa es la razón por la que seguimos haciendo lo que hacemos.
Porque un espacio bien pensado puede cambiar por completo la experiencia de quien lo habita. Puede dar calma, comodidad, orden, inspiración y bienestar. Puede convertirse en el lugar donde una familia construye recuerdos, donde alguien finalmente siente paz o donde una persona vuelve a sentirse identificada con su hogar.
A lo largo de estos años he aprendido muchísimo, especialmente de los errores. Recuerdo una ocasión en la que un cliente insistió en hacer algo “barato” y poco tiempo después comenzaron los problemas. Ahí confirmé algo que hasta hoy sigo creyendo: las cosas bien hechas cuestan, pero duran.
Nuestro trabajo no consiste solamente en lograr que un espacio se vea bonito. Consiste en crear espacios funcionales, duraderos y auténticos, pensados para mejorar la vida de quienes los habitan.
Lo más valioso de este camino ha sido la confianza de las personas. Muchos clientes han trabajado toda su vida para construir la casa de sus sueños y abrirnos las puertas de su hogar es algo profundamente importante. Con muchos de ellos se genera una relación que va mucho más allá del trabajo.
Y probablemente eso es lo que más me motiva después de todos estos años: ver la emoción de alguien cuando siente que su espacio realmente refleja quién es.
Hoy sigo aprendiendo con cada proyecto. Sigo creyendo que el diseño tiene la capacidad de transformar la manera en la que vivimos y que el trabajo bien hecho siempre encuentra su camino.




